El salmon del Guadalquivir

Anoche soñé que era un salmón.

No sé exactamente qué hacía allí, pero nadaba por el Guadalquivir, remontando la corriente, y lo más curioso es que en el sueño aquello me parecía de lo más normal. No había nadie señalándome desde el puente ni ningún cordobés preguntándose qué coño hacía un salmón en el Guadalquivir. Yo simplemente nadaba río arriba, como si llevara toda la vida haciéndolo.

Y entonces pensé en una frase que llevo años diciendo: los cordobeses somos como los salmones. Podemos irnos. Podemos vivir en Madrid, en Ávila, en Noruega o donde demonios nos lleve la vida, podemos hacer las maletas, empezar de nuevo, enamorarnos, desenamorarnos, trabajar hasta reventar, montar una librería porque un día se nos ocurre que sería buena idea y descubrir cuatro años después que el alquiler tiene bastante más fuerza que nuestros sueños.

Pero siempre hay algo que tira de nosotros hacia Córdoba.

Yo me fui hace muchos años y acabé volviendo, ycuando volví, monté El Reino de Agartha.

Una librería en Córdoba, que durante cuatro años fue muchas cosas: librería, refugio, gabinete de curiosidades, almacén de libros, sala de cine, oficina improvisada, confesionario de desconocidos y, sobre todo, un lugar al que acudía gente que necesitaba encontrar un libro y terminaba encontrando otra cosa.

Hace unos días cerré la puerta.

Y quizá por eso anoche soñé que era un salmón, quizas porque los salmones no dejan de ser salmones porque cambien de río, ni porque pasen una temporada en el mar, ni porque tengan que remontar una corriente que parece empeñada en mandarlos de vuelta.

Simplemente siguen y vuelven.

El salmón vuelve al lugar donde nació. Los cordobeses volvemos a Córdoba.

Y yo, después de todo lo que ha pasado, todavía no sé exactamente hacia dónde voy, pero sí sé que llevo dentro un río que conozco perfectamente.

Anoche lo vi, era el Guadalquivir, y yo iba dentro nadando, a contracorriente, remontándolo.

A las cinco de la mañana me desperté con un hambre feroz...  no de respuestas ni de grandes revelaciones.

Tenia hambre de salmón.

Así que me hice una tostada con salmón, me bebí una botella de agua y volví a la cama.

Después me puse a ver una serie noruega sobre salmones, que resultó ser un folletín bastante tostón, y acabé viendo documentales sobre su cría, sus migraciones y sus propiedades nutricionales. Porque una cosa es tener una revelación simbólica y otra desaprovechar la oportunidad de aprender algo sobre el animal que te ha despertado a las cinco de la mañana.

Total, que quizá el sueño no quería decirme nada. O quizá sí. Porque quizá después de cerrar una librería que empezó en Córdoba y que terminó formando parte de mi vida de una manera que todavía estoy intentando entender, mi cabeza simplemente decidió recordarme que algunas cosas no terminan cuando cierras una puerta.

Que hay viajes que continúan aunque cambie el paisaje. Y que hay ríos a los que uno siempre acaba volviendo.

Yo era el salmón y remontaba el Guadalquivir.

De momento, he empezado por una tostada. Luego ya iremos viendo hasta dónde me lleva la contracorriente.

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