No entró nadie por error,
Eso es lo que conviene dejar claro desde el principio, porque el autoengaño suele ser el refugio de los que pasan de puntillas. Aquí no hubo promesas falsas ni discursos grandilocuentes, hubo algo peor: comodidad aceptadar presencia suficiente para recibir, insuficiente para responder.
Se abrió una puerta creyendo que quien cruzaba tenía entidad. No grandeza mítica, no perfección. Algo más básico: estructura, coherencia, fondo, y resultó no ser así, no porque se ocultara, sino porque no había más.
Hay personas que se dejan querer como quien acepta un regalo caro sabiendo que no va a devolver nada a cambio, se acomodan en la atención, en el cuidado, en la mirada que los eleva, no la piden, pero tampoco la rechazan.
Y eso dice todo.
Eso no es miedo, es pobreza moral.
El golpe no llegó con la despedida, llegó con la claridad, con entender que no se perdió a alguien excepcional, sino a alguien correcto, funcional, intercambiable, que el impacto emocional fue desproporcionado porque la mirada fue generosa, no porque el objeto lo mereciera.
Ahí se produce algo incómodo: el dolor no dignifica al que se fue, lo desnuda. Lo coloca en el lugar exacto que ocupa, ni villano, ni gran amor frustrado, tan solo alguien que pasó por una vida ajena sin estar a la altura del espacio que ocupó.
No hay rencor aquí, solo hay inventario frío.
Quien solo quiso pasar el rato suele seguir adelante con facilidad, pero queda una grieta que no se cierra del todo: saber que hubo un lugar donde se pudo ser algo más y se eligió ser cómodo.
Uno más uno prescindible.
Aquí no quedó nadie rotom quedó alguien recalibrado.

