El corazón de Shelley o lo que el fuego no quiso llevarse
Hay una idea persistente y bastante mediocre según la cual el duelo correcto es el que no deja huellas, el que se limpia rápido, el que no ocupa espacio físico ni mental y mucho menos una mesita de noche, un cajón o un escritorio. Esa idea se sostiene sobre una incomodidad profunda hacia la materia, hacia el cuerpo y hacia la evidencia de que el amor, cuando existe de verdad, no desaparece sin dejar restos. Mary Wollstonecraft murió dejando a su hija una ausencia difícil, sin objetos escandalosos pero con un peso intelectual y emocional que nunca se volvió dócil; Mary Shelley guardó el corazón de Percy entre papeles y manuscritos como quien decide no mentirse sobre lo que ha perdido; Marie Curie conservó la ropa ensangrentada de Pierre porque la muerte fue brutal y negarlo habría sido una forma de traición. Ninguna de las tres pidió permiso, ninguna intentó convertir su dolor en algo aceptable para los demás.
Mary Shelley entendió algo que todavía hoy cuesta asumir, y es que el duelo no consiste en desprenderse sino en recolocar. El corazón de Percy, rescatado de una pira improvisada en una playa italiana, no fue un gesto teatral ni una excentricidad romántica, sino una decisión silenciosa y sostenida en el tiempo. Vivió con él cerca, sin exhibirlo, sin explicarlo, sin convertirlo en símbolo público, como viven las pérdidas que no necesitan ser superadas sino integradas. No dejó de escribir, no dejó de pensar, no dejó de trabajar, y ese corazón no interrumpió su vida, simplemente la acompañó, como acompañan las ausencias verdaderas.
Marie Curie hizo algo parecido desde otro lugar, más seco, más brutal, menos literario. Pierre murió atropellado, sin aviso, sin despedida, aplastado por una violencia absurda que no admite consuelo elegante. La ropa manchada de sangre y barro era la prueba de que la muerte no había sido simbólica ni hermosa, y guardarla no fue un acto de morbo sino de exactitud. Marie no quiso dulcificar el recuerdo ni transformar a su marido en una idea limpia. Siguió adelante con una vida exigente, con hijas, con trabajo científico, con una disciplina férrea, sin necesidad de borrar la materialidad del golpe que la había atravesado.
Entre ellas y yo no hay una pose estética ni una voluntad de escándalo, hay una misma negativa a fingir que el amor puede volverse abstracto sin perder verdad. Guardar los dientes de Evaristo, conservar su pelo cortado antes de que la quimioterapia lo reclamara, no es aferrarse a la enfermedad ni quedarse anclada en el dolor, es reconocer que el cuerpo también fue parte del vínculo, que la lucha dejó marcas y que eliminarlas no haría el recuerdo más sano, solo más cómodo para los demás.
En la caja que guardo en mi mesita de noche no hay un altar ni un gesto teatral, hay convivencia con lo que fue, una aceptación serena de que algunas presencias no se transforman en recuerdos etéreos sin dejar algo tangible atrás.
Lo gótico de estas tres historias no está en los objetos, sino en la mirada social que se estremece ante la idea de que el amor deje restos físicos. Lo bello está en la lucidez con la que estas mujeres, en contextos distintos y con lenguajes distintos, entendieron que el duelo no es una operación de limpieza emocional, sino una reorganización íntima de la vida. No buscaron consuelo rápido ni narrativas ejemplares, no pidieron comprensión ni aplausos, simplemente decidieron qué debía quedarse cerca y siguieron viviendo sin renunciar a la verdad de lo ocurrido.
Entre Mary Wollstonecraft, Mary Shelley, Marie Curie y yo hay una línea silenciosa que no tiene nada de morbosa y mucho de honesta, mujeres que no aceptamos que amar implique desaparecer cuando el otro muere, ni que recordar deba hacerse sin tocar. Nuestros duelos no gritan, no se exhiben, no se justifican. Ocupan espacio, como lo ocupó el amor, y en esa ocupación discreta, incómoda y profundamente humana hay una belleza que no necesita permiso ni explicación.
