El Gramaje de la Lluvia

EL GRAMAJE DE LA LLUVIA

Presentación en la Feria del Libro de Córdoba

Buenas días.

Lo primero que quiero hacer es quitaros una pequeña decepción de encima. Si habéis venido esperando que os cuente de qué trata El gramaje de la lluvia, voy a intentarlo, aunque resumir una novela en dos minutos me parece una forma bastante cruel de tratar un trabajo que me ha llevado casi trescientas páginas. Para eso habría escrito un tuit y me habría ahorrado muchos disgustos.

Así que voy a empezar por el principio. Por el principio de verdad. Por un trozo de madera.

Un año después de la muerte de Evaristo, cogí uno de sus colgantes de madera y me lo acerqué a la nariz. Olía a él. No era una asociación mental ni una imagen fabricada por la memoria para consolarme. Aquel trozo de madera olía a él. Y yo me eché a llorar.

No hubo música de fondo ni una revelación misteriosa. Hubo una mujer, un colgante y un olor que seguía allí cuando la persona a la que pertenecía ya no estaba.

Aquello me hizo pensar en los objetos y en todo lo que guardan sin que nos demos cuenta. Una cosa aparentemente insignificante puede conservar algo que creíamos perdido y devolverlo de golpe.

La memoria tiene esas maneras tan suyas. Puede pasarse años sin dar señales y aparecer cuando menos conviene: haciendo la compra, con prisa o delante de gente a la que preferiríamos no explicar por qué se nos han saltado las lágrimas. La memoria es muy poco considerada, sería mas fácil mandar una carta certificada.

De aquella experiencia nació una pregunta que terminó convirtiéndose en El gramaje de la lluvia: 

¿qué queda de nosotros en las cosas que tocamos, usamos y amamos? 

¿Qué sucede con las historias cuando desaparecen quienes podrían contarlas?

 ¿Cuántas vidas puede contener un objeto antes de que alguien se detenga a mirarlo de verdad?

No sabía que esas preguntas iban a llevarme de Córdoba a Bergen, de una encuadernación a un secreto y de un trozo de madera a un libro capaz de atravesar siglos. Si lo hubiera sabido, habría buscado una pregunta más manejable. Una que cupiera en una libreta y no exigiera tanta documentación.

Pero las preguntas que merecen la pena tienen la desagradable costumbre de crecer.

Los objetos tienen muy mala memoria para unas cosas y una memoria excelente para otras

Siempre me han interesado la historia y los objetos que sobreviven a quienes los hicieron. Antes de escribir esta novela fui librera, y antes trabajé muchos años en administración de obra, rodeada de albaranes, facturas, ladrillos y hormigón. No era precisamente un ambiente propicio para creerse una heroína romántica. El hormigón tiene muchas virtudes, pero no es conocido por inspirar versos.

También viví muchos años con un arqueólogo y aprendí que nunca hay que tirar nada porque, si esperas quinientos años, acaba llamándose patrimonio.

En una casa, esta lección permite conservar objetos que cualquier persona sensata habría llevado al contenedor hace décadas. En una novela resulta fundamental. La historia está llena de cosas que alguien consideró inútiles o viejas y que, con el tiempo, se convirtieron en la única prueba de que una vida existió, aunque objetos no cuentan la verdad completa. Un libro puede sobrevivir a su dueño sin decirnos quién lo leyó, quién lo escondió o qué pensaba la persona que lo tuvo entre las manos. Una carta puede conservar una declaración de amor y ocultar todo lo ocurrido antes. Una encuadernación puede mostrar una belleza extraordinaria y guardar debajo algo que preferiríamos no encontrar.

Ahí empieza el trabajo del escritor: en el espacio entre lo que sabemos y lo que ignoramos.

Los historiadores tienen que demostrar lo que ocurrió. Los novelistas tenemos que imaginar cómo pudo ser la vida de quienes estuvieron allí y, además, conseguir que alguien pase de la página cuarenta. Cada oficio tiene sus miserias.

A mí me interesa el momento en que un objeto deja de ser una cosa y se convierte en una puerta. No porque tenga poderes sobrenaturales —no hace falta convertir cada cajón en un portal dimensional—, sino porque puede conducirnos a una historia que ya no está a la vista.

Y si ese objeto es un libro, el asunto se complica. Un libro no solo contiene palabras: también tiene papel, tinta, cuero, costuras, marcas y huellas. Ha sido fabricado, transportado, leído, escondido, vendido, heredado o abandonado. A veces termina en una biblioteca; otras, en una caja de mudanza; y otras, si tiene suerte, en manos de alguien que comprende que no sostiene solamente un montón de páginas.

Aunque también puede caer en manos de alguien que lo usa para calzar una mesa. La historia de la humanidad está llena de posibilidades.

De Córdoba a Bergen: el mapa no siempre empieza donde uno cree

El gramaje de la lluvia nació de tres pasiones: la historia, el azul de los fiordos noruegos y mi amor por Córdoba. Puede parecer una combinación extraña, pero la literatura está llena de matrimonios bastante más disparatados.

Córdoba y Bergen parecen pertenecer a mundos distintos: una ciudad del sur, con su luz, sus patios y ese sol que en verano parece tener un asunto personal pendiente con nosotros; y una ciudad del norte, rodeada de agua y montañas, donde la lluvia forma parte del paisaje y la luz tiene otro carácter.

Sin embargo, las ciudades también son lo que recordamos de ellas, lo que otros nos han contado y lo que los siglos han depositado bajo nuestros pies. Pueden estar conectadas por una ruta comercial, una carta, una mercancía, una persona o una historia olvidada.

En mi caso, uno de esos puentes fue Kristina Håkonsdatter, la princesa noruega que viajó a Castilla en el siglo XIII para casarse con el infante Felipe, hermano de Alfonso X. No tuve que inventar una conexión imposible entre el norte y el sur. La historia ya había dejado una.

Los escritores tenemos una opinión exagerada de nuestra originalidad ya que creemos ser los primeros en descubrir ciertos caminos, cuando a menudo llegamos siglos tarde y con un cuaderno muy bonito.

Escribir sobre una época que no hemos vivido requiere leer, contrastar e investigar, pero también aceptar que la realidad no siempre se ajusta a nuestras preferencias narrativas. Una encuentra un dato maravilloso, se enamora de él y descubre después que no puede utilizarlo como quería. Una forma peculiar de desamor, con notas al pie.

Y luego hay que transformar todo ese conocimiento en una novela. Una novela no es un examen de historia ni un catálogo de curiosidades. Si el lector recuerda veinte fechas, pero no a una sola persona, quizá hemos hecho un trabajo estupendo de documentación y uno bastante discutible de literatura.

Me interesaba que Bergen y Córdoba dejaran de ser dos puntos separados en un mapa y se convirtieran en lugares unidos por las vidas de las mujeres, sus decisiones, sus secretos y las cosas que dejaron atrás.

Svea, Mara y las mujeres que se niegan a desaparecer

El gramaje de la lluvia recorre cuatro épocas y cuatro tiempos narrativos que se entrelazan en una historia circular, es una Matrioska. El viaje va de 1690 hasta nuestros días, y las mujeres ocupan el centro.

No es casualidad. Durante siglos, muchas mujeres vivieron y trabajaron en lugares decisivos sin que sus nombres ocuparan el espacio que merecían. A veces aparecen como esposas, hijas o viudas de alguien. Otras veces ni siquiera aparecen. La historia oficial tiene sus preferencias, como cualquier club privado.

Eso no significa que no estuvieran allí. Significa que, con frecuencia, alguien consideró que sus vidas no merecían ser contadas.

En Bergen, la historia de Svea  comienza con un naufragio y termina con uno regalos de boda: un libro y un cuchillo que atravesarán el tiempo y condicionará la vida de otras personas.

Ya tenemos uno objetos que plantean preguntas incómodas. Un libro puede ser una obra de arte, un instrumento de conocimiento, una mercancía o una forma de poder. También puede convertirse en una prueba de hasta dónde está dispuesto a llegar alguien para dejar su huella en el mundo. Y puede llevar una encuadernación que haga que uno se lo piense dos veces antes de acariciar el lomo.

Décadas después, en la Córdoba de la posguerra, Mara, una librera, se enfrenta al hambre, al miedo y a secretos que podrían destruirla, y alli conoce a Pura. En sus manos llega un libro que contiene algo más que palabras: un mapa, una advertencia y una herencia que atraviesa los siglos, la siguiente generación aprenderá el arte de la encuadernación y lo que significa la traición. Y alli aparecen Esperanza y Solveig. Cuatro mujeres, dos mundos, la Noruega avanzada y moderna, la Córdoba con sus tradiciones. Mujeres fuertes unidas por un vínculo común. El amor y la lealtad y esa fuerza sobrenatural que ha servido de pegamento toda la historia de la humanidad.

No voy a contaros cómo se enlazan las historias. Para eso tendréis que leer la novela, y tengo cierta consideración por quienes todavía no la han abierto. Además, si os cuento el final, alguno podría pedirme la devolución del dinero. Bastante complicado está ya el mundo editorial como para añadir otra modalidad de reclamación.

Lo que sí quiero contaros es por qué me interesaban estas mujeres.

Quería escribir sobre quienes han tenido que abrirse camino en circunstancias que no habían elegido; sobre las que han trabajado, creado, amado y sobrevivido sin la garantía de que nadie las recordara; sobre quienes, al no encontrar un mapa adecuado, tuvieron que dibujarlo ellas mismas.

No quería convertirlas en estampas perfectas. Los personajes impecables son estupendos para los monumentos, pero en una novela resultan pesados. Las personas se equivocan, se contradicen y toman decisiones desastrosas. La condición humana tiene esa falta de coherencia que tanto trabajo nos da y que, por fortuna, nos ahorra escribir personajes de cartón.

Las mujeres de esta novela no son importantes porque yo les haya concedido un papel protagonista. Lo son porque sus vidas merecen ser contadas. Me interesa esa resistencia que no siempre hace ruido y que, sin embargo, permite que algo llegue hasta nosotros.

A veces ese algo es una carta. A veces, un libro. Y a veces, una historia que alguien estuvo a punto de perder.

La memoria, los libros y esa manía de regresar

Hay una cuestión que recorre la novela: la relación entre memoria e identidad. 

¿Somos lo que recordamos? 

¿Somos también lo que otros recuerdan de nosotros? 

¿Qué queda de una persona cuando ya no está para corregir la versión que cuentan los demás?

La literatura lleva siglos dándole vueltas. Homero lo hizo en La Odisea, donde el viaje de Ulises no consiste solo en regresar a casa, sino en conservar su identidad durante el trayecto.

Borges convirtió las bibliotecas, los libros y el tiempo en territorios literarios de una riqueza extraordinaria. En sus relatos, un libro puede contener un universo y una biblioteca convertirse en una imagen del mundo. Pessoa nos recuerda que la identidad tampoco es sencilla: dentro de nosotros conviven voces, contradicciones y versiones distintas de la misma persona.

Y Marguerite Yourcenar me interesa por su manera de acercarse al pasado sin tratarlo como una vitrina. Reconstruir una vida exige imaginación, rigor y la conciencia de que nunca llegaremos a conocerla por completo. Siempre habrá una zona de sombra.

En esa zona trabaja la novela.

No pretendo que mis personajes expliquen la historia mejor que los historiadores ni que los libros resuelvan los misterios del universo. Bastante tienen con resolver los suyos. Me interesa que nos acerquen a personas de otras épocas y nos permitan descubrir que, bajo las diferencias, siguen apareciendo preguntas que reconocemos como propias.

El miedo a desaparecer. La necesidad de ser recordados. El deseo de dejar algo que sobreviva a nuestra ausencia. La esperanza de que alguien encuentre un día lo que dejamos y comprenda por qué nos importaba.

Y aquí volvemos a los libros.

Un libro puede permanecer cerrado durante cien años y, cuando alguien lo abre, empezar de nuevo. No necesita que su autor esté presente ni que el lector conozca su biografía. Basta con que alguien lea. Después, el libro ya no pertenece por completo a quien lo escribió.

A veces un lector encuentra algo que el autor no sabía que había puesto allí. Es maravilloso y desconcertante. Una se pasa años intentando controlar cada detalle y luego llega alguien, lee una página y descubre una cosa que no se le había ocurrido. Es uno de los pocos momentos en que el escritor puede aceptar que no lo controla todo sin llamar inmediatamente a un técnico.

En El gramaje de la lluvia, los libros guardan vidas, los mapas esconden verdades y los objetos sobreviven a quienes los crearon. Pero nada de eso tendría sentido sin personas dispuestas a leer las señales y arriesgarse a encontrar respuestas que quizá no les gusten.

¿Y qué pinta la lluvia en todo esto?

El título también forma parte de esa búsqueda. El gramaje es una medida material y concreta. La lluvia cambia de significado según dónde caiga y quién la contemple. Puede ser una molestia, una amenaza, un paisaje, una forma de medir el tiempo o el sonido que acompaña un recuerdo.

En el norte cae sobre los fiordos. En Córdoba golpea el empedrado y altera la luz de las calles. Es la misma lluvia, pero no el mismo lugar ni la misma experiencia. Igual que una historia cambia cuando pasa de una persona a otra, aunque conserve algo de su origen.

Me interesaba ese contraste entre lo que puede pesarse y lo que no. El papel tiene un gramaje; los recuerdos, en principio, no. Sin embargo, todos sabemos que hay recuerdos que pesan más que objetos que podemos levantar con las dos manos.

Investigar el pasado exige precisión, pero narrar una vida requiere aceptar que no todo puede medirse. Los documentos permiten reconstruir hechos, pero no siempre nos dicen qué sintió una mujer al entrar en un taller, qué temió al esconder un libro o qué pensó cuando comprendió que una decisión podía cambiar su destino.

Ahí entra la imaginación: no para sustituir la realidad a capricho, sino para explorar lo que la realidad ha dejado sin respuesta.

Y no, escribir no es necesariamente terapéutico. A veces ayuda a ordenar las ideas; otras abre tres problemas nuevos por cada uno que resuelve. Una empieza con una pregunta sencilla y termina consultando archivos y discutiendo mentalmente con personas muertas desde hace siglos. No sé si eso es salud mental, pero sí una manera eficaz de pasar las tardes.

Lo que sí sé es que una historia puede nacer de algo diminuto y terminar ocupando un espacio enorme. En mi caso fue aquel colgante de madera. Después llegaron los libros, las mujeres, los mapas, Bergen, Córdoba y las distintas épocas de la novela. El objeto fue pequeño; las consecuencias se me fueron de las manos.

Lo que queda cuando cerramos el libro

Cuando empecé a escribir El gramaje de la lluvia, no sabía adónde me llevaría aquella pregunta sobre los objetos y la memoria. Ahora sé que me llevó a escribir sobre mujeres que intentan no desaparecer, libros que sobreviven a sus dueños y el hilo que puede unir vidas separadas por siglos y miles de kilómetros.

También me ha recordado que el pasado no está tan lejos como creemos. Lo llevamos en los objetos que conservamos, en las palabras que heredamos, en las historias familiares que repetimos y en aquellas que dejamos de contar porque alguien decidió que ya no importaban.

La historia no siempre desaparece de golpe. A veces se pierde poco a poco, cuando dejamos de preguntar, tiramos un objeto sin saber qué fue o una voz deja de transmitirse porque ya nadie considera necesario escucharla.

Y, sin embargo, basta con que alguien encuentre una pista para que todo vuelva a empezar. Un libro olvidado, una carta, una marca en una encuadernación o el olor de un trozo de madera pueden abrir una puerta que creíamos cerrada.

No sé si los objetos guardan realmente una parte de quienes fuimos. Desconfío de las respuestas definitivas para las preguntas difíciles. Suelen estar preparadas antes de escuchar la pregunta.

Lo que sí sé es que dejamos rastros, a veces deliberadamente y otras sin darnos cuenta. Alguien puede encontrarlos y darles un significado que jamás habríamos imaginado.

Quizá por eso escribimos y leemos: para dejar algo, buscar algo o descubrir que aquello que creíamos perdido sigue ahí, escondido en una página, esperando a que alguien lo reconozca.

Por eso me emocionó tanto aquel colgante. Durante un instante, un objeto pequeño conservó algo que yo creía que el tiempo se había llevado. No me devolvió a Evaristo, por supuesto. Pero me permitió comprender que hay cosas que permanecen en nosotros de formas que no sabemos explicar del todo.

De esa experiencia nació una novela. No una respuesta, sino una forma de seguir explorando la pregunta.

Ahora El gramaje de la lluvia ya no está solo en mis manos. Está en las vuestras, si decidís llevároslo. A partir de ese momento tendrá otras lecturas, otros recuerdos y otras asociaciones que ya no dependerán de mí. Es lo que tienen los libros: una los escribe con muchísimo esfuerzo y luego se empeñan en vivir su propia vida. Una falta de respeto laboral, si me preguntáis.

No os voy a pedir que busquéis una moraleja ni que salgáis convencidos de que los objetos tienen alma. Tampoco que guardéis todos los trastos de casa por si dentro de quinientos años alguien organiza una exposición. Ya os he dicho lo que aprendí viviendo con un arqueólogo.

Solo os propongo una cosa: la próxima vez que encontréis un libro viejo, una carta o un objeto que haya pasado por muchas manos, deteneos antes de decidir qué hacer con él. Puede que no contenga ningún secreto ni cambie vuestra vida. Incluso puede que no valga nada en el mercado, que es una de las maneras más habituales que tiene el mundo de confundir el precio con el valor.

Pero quizá contenga una historia que todavía no ha encontrado a quien contarla.

Y si alguna vez un objeto os devuelve, de golpe, a alguien que creíais perdido, no os preocupéis demasiado por explicarlo. Hay cosas que la ciencia puede describir, la historia documentar y la literatura intentar comprender, pero que seguirán teniendo una parte que se nos escapa.

Por suerte. Si lo entendiéramos todo, nos quedaríamos sin preguntas y los escritores tendríamos que buscarnos un trabajo de verdad.

Muchas gracias.


Entradas populares