El espacio que queda
Hay un momento en el que una empieza a despedirse de las cosas sin haber decidido todavía de qué quiere despedirse. Mete libros en cajas, vacía cajones, separa lo que va a vender de lo que regalará y descubre que los objetos tienen una capacidad extraordinaria para complicarte la existencia, sobre todo cuando llevas años acumulándolos con la convicción de que algún día servirán para algo. El día llega, naturalmente, cuando tienes que deshacerte de ellos.
Estoy desmontando mi vida en Córdoba. No es una manera de hablar. Hay muebles, libros, papeles, cachivaches y una cantidad indecente de cosas que hace unos meses tenían un lugar y ahora esperan que decida qué hacer con ellas. Lo que no tengo es un sitio al que llevarlas. Ni demasiadas ganas de seguir conservándolas.
Creía que, al cerrar la librería, lo más difícil sería echar la llave por última vez. Me equivocaba. Lo difícil viene después, cuando ya no hay nada que abrir por la mañana, cuando nadie espera que llegues, cuando las horas dejan de tener la forma que les habías dado durante años y te encuentras en casa sin saber muy bien qué hacer contigo misma.
Tengo amigos. Tengo familia. Tengo tres gatos que no entienden de cierres empresariales, crisis existenciales ni cotizaciones a la Seguridad Social. Afortunadamente, alguien en esta casa conserva un criterio razonable sobre las prioridades.
Lo que no tengo es una pareja.
Y me avergüenza un poco escribirlo, aunque no sé muy bien por qué. Como si a estas alturas debiera haber aprendido a bastarme, a no necesitar a nadie, a ser esa mujer independiente que puede con todo y que, cuando termina de poder con todo, se pone a inventar otra cosa.
Pero estoy cansada de poder.
Quiero que alguien me pregunte cómo me ha ido el día y tenga verdadero interés en escuchar la respuesta. Quiero contar una tontería mientras preparo la cena, discutir por una película, hacer planes para el domingo o no hacer absolutamente nada sin que el silencio parezca una habitación en la que me han dejado encerrada. Quiero que alguien me espere. Quiero esperar a alguien.
No es una petición especialmente ambiciosa. No estoy pidiendo un palacio, un título nobiliario ni una expedición al Ártico con financiación europea. Aunque, puestos a elegir, lo del Ártico tendría su interés.
Quiero compartir la vida. Esa que se supone que he construido tan bien por mi cuenta y que ahora, cuando miro alrededor, me parece demasiado grande para una sola persona.
