Por qué los niños amaron a Enid Blyton y los adultos no tanto.

Los Cinco: cuando el verano duraba para siempre

Hubo un tiempo en que el verano no era una fecha en el calendario, sino una sensación, un tiempo en que los días parecían estirarse sin prisa, en que las tardes olían a hierba seca, a pan con mantequilla y azúcar y a promesas de aventura, y en que los libros no se leían: se vivían, se doblaban, se subrayaban sin querer y se cerraban solo cuando el sueño podía más que la curiosidad.

Para muchos de nosotros, ese tiempo tiene un nombre propio... Los Cinco.

No eran solo unos personajes. Eran una forma de entender la infancia, una puerta abierta a un mundo donde bastaba una linterna, una mochila y un poco de valentía para que todo pudiera suceder.

Enid Blyton: cuando los adultos no supieron leer lo que los niños sí entendieron

Enid Blyton nació en 1897 en Inglaterra y escribió una cantidad de libros que hoy resulta casi imposible de imaginar, como si la escritura fuera para ella un acto tan natural como respirar. Durante décadas fue una de las autoras infantiles más leídas del mundo, adorada por millones de lectores jóvenes y observada con recelo por el mundo adulto, que nunca terminó de entender por qué aquellos libros ejercían una atracción tan poderosa.

Quizá la clave estaba en que Blyton no escribía para educar, ni para corregir, ni para explicar cómo debía ser el mundo, ella escribia para contar historias.

Enid Blyton escribió cerca de 700 libros

En sus páginas los niños no eran figuras decorativas ni aprendices eternos, sino protagonistas reales, capaces de equivocarse, de discutir, de sentir miedo y aun así avanzar. No había discursos, ni lecciones explícitas, ni finales edificantes cuidadosamente subrayados. Había aventuras, y eso bastaba.

De todas sus sagas, ninguna dejó una huella tan profunda como la de Los Cinco, y sin embargo, precisamente ahí comenzó el problema.

Porque mientras los niños leían con avidez, los adultos miraban aquellos libros con creciente incomodidad. Blyton no encajaba en la idea que muchos tenían de lo que debía ser la literatura infantil. No ofrecía moralejas claras, no levantaba el dedo al final de cada capítulo, no transformaba la lectura en un ejercicio de corrección moral. Sus historias no enseñaban cómo comportarse, sino cómo vivir una aventura.

A los ojos del mundo académico, aquello resultaba peligroso. Se la acusó de escribir demasiado, demasiado rápido, con un lenguaje excesivamente sencillo, como si la claridad fuera un defecto y no una virtud. Se decía que repetía estructuras, que sus tramas eran previsibles, que no había en ellas la profundidad literaria que los adultos consideraban necesaria, olvidando que los niños no leen buscando prestigio, sino emoción, ritmo y verdad narrativa.

También incomodaba el lugar que ocupaban los adultos en sus libros, o más bien el lugar que no ocupaban. En las historias de Blyton los mayores llegan tarde, dudan, se equivocan o simplemente no están. El centro del mundo pertenece a los niños, a su intuición, a su capacidad para observar y decidir. Esa inversión silenciosa del orden establecido resultó profundamente irritante para quienes concebían la infancia como un territorio que debía ser vigilado, dirigido y corregido de manera constante.

A ello se sumaba la presencia de personajes femeninos que desbordaban lo esperado. George, orgullosa, indómita, negándose a obedecer el papel que se le había asignado, fue durante años vista como un mal ejemplo, cuando en realidad encarnaba una libertad que muchas lectoras comprendieron de forma inmediata, sin necesidad de discursos ni explicaciones.

Con el tiempo, también se le reprochó haber retratado el mundo tal y como lo conocía, con sus límites sociales y culturales, sin el filtro posterior con el que hoy releemos el pasado. A Blyton se le exigió una pureza que rara vez se pidió a otros autores considerados clásicos, como si a ella no se le concediera el derecho a pertenecer a su época.

Pero quizá lo que nunca se le perdonó del todo fue algo más simple y más profundo: su éxito. Una mujer que escribía sin descanso, que conectaba directamente con sus lectores, que no necesitaba la aprobación de los círculos intelectuales y que era leída masivamente por niños de todo el mundo resultaba difícil de encajar en un sistema que prefería obras respetables antes que amadas.

Durante años sus libros fueron apartados de bibliotecas, desaconsejados en escuelas y tratados con una condescendencia que rozaba el desprecio. Mientras tanto, los niños seguían leyéndola a escondidas, prestándose los ejemplares, releyéndolos hasta que las páginas se desprendían del lomo.

Tal vez ahí resida la mayor paradoja de Enid Blyton: mientras los adultos discutían su valor, generaciones enteras aprendían con ella algo mucho más importante que cualquier lección moral.

Aprendían a amar la lectura

Los Cinco: una pandilla irrepetible

Julian, Dick y Anne eran hermanos, y ese vínculo marcaba desde el primer momento la forma en que se relacionaban entre ellos. Había confianza absoluta, discusiones breves y reconciliaciones rápidas, esa manera tan propia de las familias en las que no hace falta explicarse demasiado porque todos se conocen desde siempre. Julian asumía el papel de hermano mayor con naturalidad, Dick ejercía de equilibrio entre la responsabilidad y la burla, y Anne aportaba la ternura doméstica, el deseo de orden y refugio, sin que eso la hiciera menos valiente cuando la situación lo exigía.

A ellos se sumaba su prima Georgina, George para el mundo, una presencia que alteraba el equilibrio desde el primer instante. George no quería ser tratada como una niña, no quería vestidos, ni diminutivos, ni el tono condescendiente que los adultos reservaban para lo que consideraban frágil. Prefería el pelo corto, la ropa cómoda, el carácter directo y la autoridad que nacía de conocer su territorio mejor que nadie, porque la isla Kirrin era suya y eso la colocaba, quisiera o no, en el centro del grupo.

George no pedía permiso para ser como era. Simplemente lo era. Se enfadaba con facilidad, defendía su independencia con uñas y dientes y exigía que la llamaran por el nombre que había elegido. En una época en la que la literatura infantil rara vez se detenía a cuestionar los papeles asignados, Blyton escribió a una niña que rechazaba el molde sin convertirlo en discurso, sin explicaciones, sin necesidad de justificarla.

Hoy, leída desde nuestra mirada actual, George sería rápidamente etiquetada, analizada, clasificada, quizá incluso convertida en debate. Probablemente alguien diría que es un personaje transgénero, otro lo discutiría, otro lo matizaría, pero en los libros de Blyton no hay etiquetas, solo una verdad sencilla: George quiere ser tratada como un niño porque así se siente más libre, más fuerte, más ella misma, y eso basta.

Lo interesante es que los demás acaban aceptándolo con una naturalidad que desarma, no porque lo entiendan del todo, sino porque forma parte de la familia, y en la familia uno aprende a convivir con lo que el otro es, no con lo que debería ser. Julian la respeta, Dick la provoca pero la admira, Anne la observa con una mezcla de desconcierto y afecto, y Tim la sigue con devoción absoluta.

Ese grado de familiaridad, de pertenencia compartida, convierte al grupo en algo más que una pandilla de aventuras. Son primos, hermanos, aliados, una pequeña tribu que funciona por lealtad más que por normas, por costumbre más que por autoridad. Discutirán, se enfadarán, se separarán momentáneamente, pero siempre regresan al mismo núcleo, ese lugar seguro desde el que se puede salir al mundo a explorar cuevas, túneles o misterios, sabiendo que alguien te espera al final del día.

Quizá por eso Los Cinco resultan tan cercanas incluso décadas después. No solo vivían aventuras, vivían juntos, como se vive en la infancia verdadera, con roces, afecto, rivalidades y una fidelidad que no necesita grandes palabras.

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Aventuras, islas y veranos interminables

Las historias de Los Cinco se desarrollaban casi siempre durante las vacaciones, en ese territorio mágico donde el reloj pierde autoridad y los días dejan de obedecer a normas adultas. El verano no era solo una estación, era un estado mental, un paréntesis en el que todo parecía posible porque nada urgente existía todavía. No había colegios, ni horarios estrictos, ni responsabilidades reales; solo mañanas largas, tardes que se estiraban hasta el anochecer y la sensación constante de que algo extraordinario estaba a punto de suceder.

El corazón de ese universo era la isla Kirrin, con su castillo en ruinas recortado contra el mar, sus pasadizos ocultos, sus mareas caprichosas que abrían y cerraban caminos como si la propia naturaleza conspirara a favor del misterio. La isla no era únicamente un escenario, era un personaje más, vivo, cambiante, imprevisible, un lugar que se fijaba en la memoria del lector con la precisión de un recuerdo real, como si pudiera señalarse en un mapa y visitarse algún día. Kirrin representaba la promesa absoluta de la aventura: un espacio propio, fuera del control adulto, donde los niños podían explorar, equivocarse y decidir.

A su alrededor se desplegaba un paisaje profundamente evocador: casas antiguas llenas de habitaciones cerradas desde hacía años, granjas solitarias, páramos barridos por el viento, faros aislados en los que siempre parecía esconderse un secreto, túneles excavados en la roca, pasadizos que comunicaban épocas distintas y personajes sospechosos que nunca eran exactamente lo que aparentaban. Nada era del todo inocente, pero tampoco completamente peligroso. El mundo de Blyton estaba en ese equilibrio perfecto entre la amenaza y la seguridad, donde el miedo no paraliza, sino que despierta la curiosidad.

Cada aventura comenzaba de manera casi trivial: una excursión, una visita, una conversación escuchada a medias, un ruido extraño en la noche. Poco a poco, sin estridencias, lo cotidiano se deslizaba hacia lo inquietante, y el lector avanzaba junto a los personajes sin darse cuenta de que ya estaba atrapado en el misterio. No había giros espectaculares ni violencia explícita, sino una tensión creciente, suave pero constante, que invitaba a seguir leyendo porque la historia parecía construirse con la misma lógica con la que funciona la imaginación infantil.

Las amenazas existían, pero nunca eran insuperables. Los peligros tenían rostro humano y podían ser comprendidos, perseguidos y derrotados mediante la observación, la astucia y la lealtad del grupo. Los Cinco no salvaban el mundo, no cambiaban el curso de la historia, no realizaban gestas heroicas en el sentido grandilocuente del término. Sus victorias eran pequeñas, íntimas, profundamente infantiles: descubrir un escondite, recuperar un objeto robado, desenmascarar a un adulto que mentía, impedir una injusticia silenciosa.

Y ahí residía la fuerza de estas historias. No hablaban de héroes extraordinarios, sino de niños normales que actuaban con valentía porque creían que debían hacerlo. La lealtad entre ellos era absoluta, casi sagrada, y la amistad funcionaba como un código no escrito que lo sostenía todo. Discutían, se enfadaban, se separaban momentáneamente, pero siempre regresaban al mismo punto: la certeza de que juntos podían enfrentarse a lo desconocido.

Leídos desde la distancia, estos libros ofrecían algo mucho más profundo que aventuras: ofrecían la ilusión de que el mundo podía comprenderse si se observaba con atención, que el bien y el mal eran reconocibles, y que actuar con honestidad tenía sentido. Era una visión sencilla, sí, pero también reconfortante, especialmente para un lector infantil que empezaba a intuir que el mundo real no siempre era tan claro.

Por eso los veranos de Los Cinco parecían interminables. Porque no estaban hechos de días, sino de posibilidades. Cada libro era una promesa renovada de que, mientras existiera una pandilla unida, una isla por explorar y una linterna encendida al caer la noche, la aventura nunca se agotaría del todo.

Las comidas: el refugio entre peligros

Esas historias hablaban de un mundo exótico en el que los niños resolvían misterios, exploraban islas, descubrían túneles secretos y comían platos que para nosotros, niños españoles de los años 80, resultaban imposibles de imaginar. La comida en los libros de Blyton no era un detalle ornamental, sino un vehículo de empatía, un hilo invisible que nos unía a esos personajes que, de otra manera, nos parecían tan lejanos en espacio y tiempo. Mientras en nuestra infancia lo más cercano a lo sofisticado era un plato de spaghetti con tomate y un huevo frito de vez en cuando, los niños de Kirrin disfrutaban de cordero con menta, pasta de anchoas, emparedados con jamón y queso, pestiños recién horneados y un vegetal que nos resultaba casi mágico: el ruibarbo. Bebían té y limonada, té a cualquier hora y con entusiasmo infantil, y masticaban lechugas frescas y crujientes, como si cada mordisco fuera un concierto de sonidos y aromas. Era tan absurdo como fascinante.

Aquí no bebiamos cerveza de jengibre ni pasteles de carne.

Lo paradójico es que, a ojos de Blyton, aquellos festines eran, de hecho, comidas sensatas y humildes. La Inglaterra de la Segunda Guerra Mundial y la posguerra, cuando apareció el primer volumen de Los Cinco en 1941, estaba marcada por las restricciones: nada de lujos, raciones limitadas, economías domésticas ajustadas, y aún así Blyton escribía sobre platos caseros, abundantes y honestos. Los niños de sus historias no comían como aristócratas ni como fantasmas de las novelas de cocina, sino como lo harían muchos hogares modestos británicos: con sentido común, con atención a la saciedad y la nutrición, con la satisfacción de comer juntos y disfrutar de la simple compañía.

Para nosotros, aquellos lectores a miles de kilómetros, sin embargo, eran cenas y meriendas de otro mundo. Picnics al borde de un lago, desayunos ingleses con judías, salchichas y huevos, panes crujientes y mantequilla untada con generosidad; todos esos detalles nos llegaban a través de las páginas y disparaban nuestra imaginación, jugando con nuestra percepción de lo extraordinario. No nos planteábamos que probablemente lloviera con frecuencia en esos internados, que los dormitorios fueran grises y tristes, que la vida cotidiana tuviera dificultades; solo veíamos el esplendor del picnic, la frescura de la fruta y los sándwiches que crujían bajo los dedos.

Enid Blyton se recreaba en cada descripción hasta hacer salivar, hasta hacer sentir que la aventura sabía y olía y crujía. Una simple ensalada no era un adorno: era una enumeración precisa de ingredientes –lechuga, tomate, cebolla, rábanos, mostaza, berros, zanahorias ralladas y montañas de huevos cocidos– que convertía lo cotidiano en extraordinario. Para los lectores españoles de los años 80, acostumbrados a desayunos escuetos de galletas María mojadas en colacao y meriendas de pan con aceite, o a lo sumo una onza de chocolate con leche, un trozo de pan untado con algo que no fuese margarina o una mención a ruibarbo o a té con limonada era pura magia culinaria, un lenguaje secreto que solo la imaginación podía traducir, y queríamos imitarlo en casa, decir “abominable” con exceso de dramatismo, inventar meriendas de novela, fantasear con los sabores imposibles de un mundo al otro lado del mapa y sentir, aunque fuera por unos minutos, que nuestras mesas podían transformarse en escenarios de misterio, amistad y verano interminable.

Adultos razonables en un universo imposible.

Alrededor de Los Cinco orbitaban otros personajes que, sin ocupar nunca el centro del relato, contribuían a crear esa sensación de mundo habitable, reconocible y casi doméstico que hacía que las aventuras no parecieran lejanas, sino posibles.

En la isla Kirrin vivían el tío Quentin Kirrin, científico brillante, despistado y obsesivo, capaz de pasar horas encerrado entre papeles sin percatarse de lo que ocurría a su alrededor, y la tía Fanny Kirrin, auténtico eje emocional de la casa, paciente, cálida y protectora, siempre dispuesta a acoger a los niños durante las vacaciones y a convertir la rutina en hogar. Quentin solía ser el detonante involuntario de muchos misterios, con sus investigaciones secretas y documentos confidenciales, mientras Fanny representaba el refugio, la certeza de que, ocurriera lo que ocurriera, habría una mesa puesta y una puerta abierta al final del día.

Junto a ellos estaba Joanna, la cocinera, figura inolvidable para cualquier lector. Joanna refunfuñaba, protestaba por el desorden, por los horarios imposibles y por los niños entrando y saliendo cubiertos de barro, pero jamás dejaba de cumplir su papel esencial: alimentar, cuidar y sostener la vida cotidiana. Sus comidas eran parte del paisaje emocional de la saga, y su presencia aportaba ese equilibrio tan reconocible entre el gruñido y el cariño, entre la queja constante y la entrega silenciosa.

Fuera del núcleo de Kirrin aparecían también personajes secundarios que enriquecían el mundo de las historias: granjeros hoscos, pescadores desconfiados, guardianes de faros, ancianos solitarios y adultos sospechosos que nunca eran exactamente lo que parecían. No estaban ahí para dar lecciones, sino para sembrar dudas, para hacer que los niños observaran, sospecharan y aprendieran a mirar más allá de las apariencias.

Gracias a todos ellos, el universo de Los Cinco no era una burbuja infantil aislada, sino un mundo completo, con adultos imperfectos, hogares reales y tensiones cotidianas que hacían que la aventura tuviera raíces. Los niños podían correr riesgos porque existía un fondo estable que los sostenía, una vida doméstica que no anulaba la libertad, sino que la hacía posible.

Y quizá por eso estas historias siguen vivas.

Los Cinco —Julian, Dick y Anne, junto a su prima Georgina Kirrin, George, y el inseparable Timothy, el perro— no sobreviven porque fueran perfectos, ni porque sus historias encajen sin fricción en todos los tiempos, sino porque representan algo que pertenece a la infancia profunda, esa que no se rige por normas externas, ni por discursos, ni por explicaciones interminables, sino por la necesidad íntima de explorar, de imaginar y de sentirse capaz.

Leyéndolos aprendimos que la amistad podía ser incondicional, que el verano era un territorio propio y que la aventura podía comenzar a la vuelta de cualquier esquina. Aprendimos a confiar en los demás, a atrevernos a mirar dentro de una cueva oscura, a creer que incluso los niños podían tener voz, criterio y decisión.

No buscábamos modelos, ni mensajes, ni enseñanzas explícitas, buscábamos emoción, y la encontramos.

Los Cinco no sobreviven porque fueran perfectos, ni porque sus historias encajen en todos los tiempos, sino porque representan algo que pertenece a la infancia profunda, esa que no se rige por normas externas, sino por la necesidad de explorar, de imaginar y de sentirse capaz.

Leyéndolos aprendimos que la amistad podía ser incondicional, que el verano era un territorio propio y que la aventura podía comenzar a la vuelta de cualquier esquina. Nos enseñaron a confiar en los demás, a atrevernos a mirar dentro de una cueva oscura, a creer que incluso los niños podían tener voz y decisión.

No buscábamos modelos, ni mensajes, ni enseñanzas explícitas, buscábamos emoción. Y la encontramos.

Cerrar el libro sin cerrarlo del todo

Quizá ya no esperamos encontrar castillos en ruinas ni mapas escondidos bajo una piedra, pero algo de aquellos veranos permanece intacto, porque cada vez que abrimos uno de estos libros, el tiempo vuelve a estirarse un poco, la imaginación respira y el mundo se vuelve menos ruidoso.

Los Cinco siguen ahí, esperando entre páginas amarillentas, dispuestos a recordarnos que hubo una edad en la que todo parecía posible, y que tal vez crecer consista únicamente en no olvidar del todo a quienes fuimos cuando creíamos que una linterna y un perro podían cambiarlo todo.

 


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