miércoles, 4 de septiembre de 2013


Cuando el nivel de auto-exigencia se vuelve insoportable y todo en mí se convierte en imperfecto entra el desasosiego en mi cabeza, late el corazón a mil, tiemblan las manos y la vista se nubla... hoy la cabeza me da vueltas y no he bebido, no soporto el vacío que deja mi imagen delante del retrovisor del coche en el que solo veo arrugas y tristeza en los ojos, esos ojos pequeños que heredé de mi padre y que hoy han perdido el brillo de la niñez y que también tuvieron su público en la adolescencia. 

Hay días en los que quisiera desaparecer, evaporarme en bruma de la sierra, caer como hoja de haya y pudrirme entre el musgo de un bosque de hadas, dejar de sentir este vacío inmenso para no tener que ver como envejezco.

Porque la cabeza me da vueltas y no he bebido, porque quiero dejar de sentir dolor por nada y por todo, porque los recuerdos duelen, duele el olvido y el abandono, duele la perdida y duele hasta la luna cuando se pone, aunque sepa que volverá a salir igual de bella.
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