miércoles, 14 de febrero de 2007

Danza

Me gusta bailar ... de pequeña me movía con la soltura de una gitanilla delante de las notas de una guitarra ebria, giraba los brazos y el trasero mientras cantaba el "te estoy amando locamente" de Las Grecas con voz infantil cual "María Isabel de los 70" haciendo las delicias de mis abuelos y toda la familia que pensaba que era la niña más graciosa que habían visto.

Eso cuentan en casa, quizás añorando como con los años se te agria el caracter y de ser una "autentica monada" pasé a ser una adolescente conflictiva, respondona y sobre todo inconformista, aunque me gustaba participar de las actuaciones de teatro del instituto (siempre me he apuntado a un bombardeo) y solían darme papeles importantes, nunca olvidaré aquel "Trigeo El Atmonense; viñador honrado, enemigo de pleitos y delaciones" protagonista de aquella Paz de Aristófanes, sin embargo una especie de pudor, que solo yo era capaz de encontrarme y sobre todo, una mente práctica que nunca me ha abandonado consiguieron que me olvidara de cualquier actividad que no fuese el estudio y más tarde el trabajo.
El tiempo hace que que los deseos de la infancia afloren cuando estamos en crisis, y a crisis me refiero a esos estadios de la vida en los que, el vacio existencial unido a una caida de valores, hacen que te replantees profundamente de donde vienes, que es lo que eres y ante todo que es lo que realmente quieres.

En Octubre, al comienzo de esta virulenta depresión, me apunté a clase de Danza Oriental, un poco por salir de la rutina otro poco porque me habían dicho que afinaba la silueta y sobre todo porque no sabía que hacer con mi vida y necesitaba buscar emociones distintas. Había probado el método Iyengar de Yoga, consiguiendo corregir mucho vicio en la postura y controlar un poco mi cuerpo y mi mente, como siempre este jodido horario mio hacía que nunca llegara puntual y después de 2 años tuve que dejarlo.

Pronto descubrí que, dentro de todas las disciplinas, esta es una de las más difíciles, técnica y coordinación no son fáciles y comprendí que era incapaz de mover los brazos al compas de la cadera y sobre todo de mantener una postura correcta "oriental" mientras me movía.

El baile árabe aporta un compedio de beneficios con el cual no voy a aburrir a nadie y menos a mí, lo único que puedo decir es que estoy empezando a descubrir partes de mi cuerpo que estaban completamente dormidas, una sensualidad que me es ajena y que nunca he sentido pero que es maravillosa, empiezo a controlar el cuerpo y espero que algún día también la mente, y ante todo me proporciona el estupendo placer de sentirme niña otra vez.

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