lunes, 11 de diciembre de 2006

Diciembre .... consagrado a Saturno

En el décimo mes del antiguo año romano, uno de los meses con lluvia en su nombre, como septiembre, octubre y noviembre (respetemos la etimología, que siempre aclara conceptos), las humedades del otoño y del primer invierno empiezan a dar paso a esos fríos secos de días breves como destellos y de noches cada vez más largas y oscuras.


La Navidad, claro está, es cosa cristiana (¡con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho!), pero sus orígenes son netamente paganos. Para que ustedes me entiendan: el final del año romano, ese "december" ancestro de nuestras fiestas que se prepara para el mes de enero -el mes de Jano, una de cuyas caras mira hacia el pasado y otra hacia el futuro-, era también un mes en cuyo tramo último se juntaban parte de las fiestas saturnales, de los ritos dionisiacos y, sobre todo, la fiesta del "Sol invictus", que corresponde al solsticio de invierno, la noche más larga del año, tras la que los días empiezan a crecer de nuevo y el sol parece renacer y recobrar las fuerzas perdidas.


Pronto serán posibles otra vez la caza y la pesca y se reanudarán las actividades agrícolas tras ese letargo que corresponde, en realidad y en puridad, con el final del año, el final del ciclo natural y el inicio de su renovación anual.


Ahí, en la noche de los tiempos quieren algunos que situemos las primeras hogueras, tan emparentadas con las de San Juan, la noche más corta del año y la culminación de la celebración de la vida plena, puerta mágica del verano, y los primeros ritos que tienen que ver con la Navidad.


Navidad, ya se sabe, toma su nombre del nacimiento, de la Natividad de Jesús, niño que será luego Cristo. Pero mucho antes de la Natividad cristiana está esa celebración pagana que adora al Sol y le pide, le ruega, que despierte de su letargo, que sus fuerzas no se extingan para siempre y sea capaz de regenerarse a sí mismo.



Es también un nacimiento y una resurrección. Y no es difícil imaginar que el primer culto a los árboles mágicos (abetos, robles, muérdagos) tiene que ver con aquellas especies que son capaces de sobrevivir en los rigores de diciembre. Las hogueras para atraer y fortalecer el sol y para acompañar la noche más larga del año serían así un antecedente de todas nuestras sofisticadas ristras de tililantes bombillas. Y piñas y abetos son, sobre todo en el septentrión europeo, un símbolo claro de la naturaleza viva, el árbol de hoja perenne ajeno a la desnudez decembrina de otras muchas especies vegetales.


Todo eso, como decíamos, en la noche de los tiempos. Pero nos han quedado rastros suficientes -sin necesidad de remontarse a Stonehenge y a las gentes del círculo- como para reconocer que, en el hemisferio norte de este planeta, el solsticio de invierno está ligado a la mismísima y así llamada revolución neolítica y, por lo tanto, a las raíces más profundas de nuestra civilización.


Con Roma coinciden tres celebraciones.


Saturno era el nombre con que en Roma se conocía la divinidad griega Crono, el padre de los dioses. Su leyenda se asociaba a la de una edad de oro situada al comienzo de la humanidad y en un paraíso que Virgilio (Eneida VIII 319-325) ubicaba en el Lacio: no existía el trabajo, pues la tierra ofrecía espontáneamente sus frutos, y no había diferencias entre ricos y pobres; reinaba la paz y la igualdad social. Intentando evocar y hacer presentes tales tiempos se celebraban en Roma las Saturnales durante los siete días que iban del 17 -día principal de la fiesta- al 23 del "humoso" diciembre. Era tradicional el lectisternium o banquete público en honor del dios, y las calles se llenaban de bullicio.
No obstante, a diferencia de los juegos, lo más importante de la fiesta transcurría en el ámbito privado. Era de rigor el intercambio de regalos entre amigos y conocidos, como también lo eran los excesos en la comida y la bebida y el vestir la synthesis, una toga de fiesta; las diferencias entre amos y esclavos eran momentáneamente abolidas -por cuanto los segundos eran admitidos al banquete e incluso servidos por los primeros- y todos sin excepción lucían el píleo, o gorro de lana distintivo de la libertad de los antiguos esclavos. También se recurría a los juegos de mesa -el "juego de los ladroncillos" o un predecesor de nuestro "tres en raya"- y de azar -las tabas, los dados-, prohibidos estos últimos por ley durante el resto del año pero ahora permitidos tanto para apostar con nueces o con dinero como para elegir a suertes el "rey del banquete", que se ocupaba de encomendar diferentes prendas a los comensales.


Luego, la festividad solar, el solsticio que anuncia el nuevo ciclo, y a continuación, una parte de las bacanales, donde Baco, el Dionisios griego, es absoluto protagonista.


Total: comida, bebida, hogueras, algunos ritos y la sensación de alivio de haber sobrevivido un año más y comprobar que el mundo no se acaba.... Nada nuevo bajo el sol...
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